En el artículo publicado la semana pasada hablamos de la comida y las emociones, y en particular diferenciamos el hambre real del hambre emocional. Hoy hablaremos de los trastornos relacionados a la alimentación.

Es habitual que los trastornos de la alimentación en la forma de comer compulsivo aparezcan cuando una persona toma la resolución de renunciar a una serie de productos por determinados motivos, sean estos deseos de adelgazamiento o deseos de llevar una dieta más sana. La mayoría de estos cambios de dieta van acompañados por sentimientos de privación. En estos cambios de dieta es cuando se revela la base emocional y adictiva de nuestros patrones de alimentación anteriores y el carácter adictivo de los alimentos que consumíamos con anterioridad.

En todas las dietas se toma la resolución fundamentalmente de reducir o suprimir: la ingesta de grasas (aceites, fritos, etc.), de carbohidratos complejos (cereales, etc.), de azúcar y de chocolate, etc. Al hacerlo, se reduce la cantidad de tóxicos que se introducen en el cuerpo y se libera energía que se empleaba para digerir estos productos y para eliminarlos:

Esta energía liberada queda disponible para ser empleada:

-Por los órganos de eliminación en los procesos de desintoxicación del cuerpo humano- generando dolores de cabeza, malestar físico, debilidad, fatiga, erupciones cutáneas, catarros, etc.

-Por el sistema nervioso; en la transmisión e intensidad de las emociones.

Los cambios de dieta alteran significativamente las condiciones físicas y emocionales de las personas: limpian y liberan el cuerpo y la mente de residuos tóxicos, pero también de emociones tóxicas, acumuladas durante años.

Nuestros hábitos alimentarios desde la infancia nos acostumbran a sentir poco. Desde niños, no solo nos alimentan con productos (azúcar, cereales, chocolate) que sobrecargan el organismo exigiéndole, para ser digeridos, de un 60 a un 80% de la energía que extrae de los alimentos; sino que nos acostumbran a paliar nuestras emociones negativas con estos alimentos, comiendo sin hambre o sobrealimentándonos. Los padres tranquilizan a sus bebés con dulces; las leches maternas llevan azúcar añadido. Los bebés no duermen tranquilamente en sus cunas: los bebés están literalmente drogados; sus organismos están ocupados en eliminar los tóxicos de los alimentos; no pueden emplearse en lo que realmente las crías del ser humano deberían estar haciendo; jugando, aprendiendo, explorando, etc.

Cuando se emprende cualquier dieta de adelgazamiento, se produce un cambio muy importante en el cuerpo y en las emociones. El cuerpo aprovecha para desintoxicarse: nos sentimos extraños. Las emociones se intensifican porque tenemos más energía nerviosa disponible: nos sentimos nerviosos, excitados, inseguros. La imaginación se dispara. No estamos preparados para enfrentar lo que sentimos: no entendemos lo que nos sucede, y no sabemos cómo afrontarlo.

Conforme el organismo se limpia y adopta una dieta más sana, necesitamos comer menos. La comida no puede ser más el acto que ordena y orienta nuestras vidas. Muchas personas experimentan un vacío: tienen mucha energía de repente disponible que no saben en qué invertir. Toman conciencia de las carencias que existen y existían en su vida. Toman conciencia de lo que desearían tener o ser de verdad; toman conciencia de lo que les disgusta de sus vidas.

Siete emociones suelen dispararse: Ansiedad, culpa, confusión, impotencia, aburrimiento, soledad, miedo.

Aparece el sentimiento de privación, la nostalgia del sentimiento de seguridad o confort que encontrábamos en el consumo de determinados alimentos y en la sobrealimentación y se disparan, especialmente en los momentos de mayor tensión, los deseos de recreación de esos momentos.

Cuanto mayor sea el cambio de dieta que queramos afrontar, cuanto más choque genere con los hábitos alimentarios de nuestra familia, allegados, etc., cuanto mayor fuera nuestro apego a determinados alimentos, cuanto mayor fuera nuestra dependencia emocional de ellos, cuanto mayores fueran y sean en el momento de adoptar el cambio nuestros desequilibrios nutricionales, nuestras carencias de sueño, sol, actividades físicas, actividades recreativas, relaciones afectivas, etc., mayores serán las dificultades que tengamos para afrontar los conflictos emocionales e intelectuales que se ponen en movimiento.

Porque lo que se nos exige es un cambio global en nuestra forma de vivir: un cambio de paradigma. Un cambio acerca de lo que es normal y adecuado para el ser humano en sus hábitos de salud, de nuestras expectativas acerca de nuestras relaciones con la comida y nuestro cuerpo y nuestras emociones, y acerca de nuestros niveles de salud física y mental…

Es por eso que la superación de todos los trastornos de la alimentación precisa cambios tanto en la forma de alimentarnos como en la forma en que pensamos, sentimos, y respondemos a lo que pensamos y sentimos.

Desde el punto de vista psicológico, el deseo de ganar un control perdido sobre la propia alimentación; de decidir cuándo, cómo, por qué y qué comer. En muchos casos, lo que se persigue no es solo adelgazar; se busca la libertad sobre el propio cuerpo y las propias acciones; el control sobre el peso corporal y el control sobre los alimentos que se ingieren. Se recupera la capacidad de decidir, una capacidad que se percibe como deteriorada por la desinformación nutricional y los patrones de alimentación emocional arraigados desde la infancia y reforzados por el mercado y la publicidad en una sociedad radicalmente consumista.

Las personas necesitan una nueva forma de relacionarse con su propio cuerpo: aprender a escuchar las necesidades del cuerpo (nutrición, hidratación, descanso, ejercicio, aire fresco, sol)- Son nuestros hábitos de vida los que determinan la eficacia, el bienestar y la belleza de nuestros cuerpos; el cuerpo solo enferma por su mal uso, su abuso, o su desuso.

¿Por qué fracasan muchas dietas de adelgazamiento?

Es a menudo al adoptarse dietas de adelgazamiento cuando surge el conflicto y se desatan los trastornos de la alimentación:

La malnutrición provoca deseos de comer continuos; el cuerpo envía señales constantemente requiriendo nutrientes: generalmente carbohidratos simples (ATENCIÓN: los contenidos en las frutas y verduras, no en los azúcares refinados de los cereales), pues toda célula del cuerpo humano se nutre a partir de carbohidratos simples; el organismo humano tiene que transformar todo lo demás en carbohidratos simples para ser consumido (carbohidratos complejos, como los de los cereales y almidones, proteínas y grasas), de modo que los azúcares de las frutas y verduras frescas son las únicas fuentes de nutrientes que son absorbidos con rapidez y aprovechados como nutrientes sin requerir mucha energía en el proceso digestivo.

Las frutas tardan minutos en ser absorbidas; los vegetales horas; los cereales y las carnes de 12 a 72 horas. En una dieta pobre en frutas y verduras crudas (la cocción de los alimentos destruye el 80% de los nutrientes) y frescas, de un 60 a un 80% de la energía que el organismo obtiene de los nutrientes tiene que emplearse en la digestión de los alimentos; de modo que el cuerpo se exhausta y agota, los niveles de energía descienden y las personas, acostumbradas desde la infancia a vivir estimuladas (es decir, sin sentir el cansancio físico o el estrés emocional de forma aguda), acaban recurriendo de nuevo a los productos estimulantes para intentar procurarse esa energía.

El conflicto emocional con los productos que no se quieren consumir más pero que se siguen deseando (adicción física y mental), y la incapacidad de manejar situaciones emocionales problemáticas, genera episodios de consumo compulsivo, precedidos de sentimientos de ansiedad, miedo, impotencia, cansancio, enervación, aburrimiento, soledad, confusión; seguidos por sentimientos de culpa, decepción, fracaso, impotencia.

Se inician entonces ciclos de retroalimentación del patrón de conducta de comida compulsiva, dieta de adelgazamiento, ejercicio físico. Las actividades físicas intensas, en un cuerpo malnutrido, solo sirven para exacerbar el enervamiento y aumentar el deseo de estimulantes. El ejercicio físico nunca compensa los excesos o carencias en la nutrición; de hecho, dificulta las tareas de desintoxicación del organismo cuando éste está saturado de toxinas al desviar hacia los músculos la energía empleada por los órganos de eliminación. Por lo tanto, ralentiza el restablecimiento del balance de nutrientes en nuestro cuerpo; es decir, agrava los problemas nutricionales.

El temor de recuperar el peso perdido, la culpa por recuperarlo, la incapacidad de controlar el peso o el consumo de alimentos, generan auto desprecio, aislamiento y depresión.

Uno de los requisitos imprescindibles para superar todo trastorno de alimentación y alcanzar el equilibrio emocional es aprender a dar prioridad al propio bienestar, a los propios deseos y a la propia salud.

Si nos privamos del descanso físico, intelectual y emocional que necesitamos, nos estamos privando de algo IMPRESCINDIBLE para nuestra salud. No podemos sentirnos culpables por cuidar de nuestra salud, por querer estar vivos y por querer gozar de bienestar. El equilibrio emocional, la alegría, la paz y la satisfacción son componentes IMPRESCINDIBLES de la salud.

Cuando sintamos ansiedad, culpa, miedo, o cualquier emoción negativa, debemos preguntarnos, antes de incurrir en un hábito autodestructivo, qué causa estos estados emocionales:

  • debemos aprender a tomar decisiones de acuerdo a nuestros auténticos deseos, aunque esto implique decepcionar o contrariar a personas hacia las que nos sentimos afectivamente vinculadas.
  • debemos aprender a decir no y a decir basta. Sobrecargarnos de trabajo, responsabilidades, preocupaciones y compromisos es dañino para nuestra salud. No podemos sentirnos culpables por no hacer algo que no podemos hacer salvo a costa de nuestra propia autodestrucción, es decir, por no hacer algo que va contra las leyes de nuestra naturaleza. Sobreexplotarnos físicamente, mentalmente o emocionalmente va en contra de las leyes de nuestra naturaleza.
  • debemos aprender a no tener miedo a nuestras emociones y a escucharlas. Las emociones son nuestras aliadas, no tratan de hacernos daño, cumplen una función biológica, nos aportan datos fundamentales sobre nosotros mismos y nuestro entorno. Es bueno escuchar a nuestras emociones; cuando no las escuchamos, vivimos de espaldas a nosotros mismos, vivimos de espaldas a nuestras auténticas necesidades o deseos.

Cuando se sienta el deseo de comer sin hambre, sabremos que estamos sintiendo algo que nos incomoda. Quizás solo necesitemos un descanso tras un largo período de trabajo físico, mental o de excitación emocional, pero también es muy probable que sintamos algo que nos incomoda. Es bueno preguntarnos qué sentimos.

Cuando sintamos ansiedad, culpa, temor, impotencia, etc; debemos preguntarnos qué causa estas emociones; si la causa es legítima; si podemos hacer algo para resolverla y qué podemos hacer. Conforme nos hacemos preguntas y reflexionamos sobre ellas, ocurre algo mágico: aparecen opciones, opciones que nos liberan, porque nos otorgan soluciones a diferentes problemas. Uno descubre que no tiene por qué sentirse culpable por haber cometido un error, que puede tomar diversas medidas para resolver o evitar un conflicto, que no tiene por qué hacer nada en el momento presente, etc.

Una emoción negativa puede surgir de un hábito de pensamiento negativo. Por ejemplo, ansiedad o impotencia porque no somos capaces de cumplir determinados requisitos. Debemos preguntarnos entonces por qué queremos o por qué deberíamos cumplir determinados requisitos. Esto a veces implica tomar decisiones hacia cambios muy profundos:

  • Quizás necesitamos cambiar nuestras relaciones sociales; rodearnos de personas con las que sintamos más afinidad, que nos inspiren y que nos motiven, que nos animen a cuidarnos y a crecer y a sentirnos mejor y más realizados.
  • Quizás necesitamos reorientar nuestras expectativas en la vida; un buen comienzo es hacer un plan con nuestros objetivos vitales.
  • Quizás necesitamos aumentar nuestras actividades recreativas, etc

Cada uno debe hacer el trabajo de preguntarse y de responderse qué necesita en cada momento: ni la comida, ni las sustancias tóxicas, ni las demás personas pueden hacer ese trabajo por nosotros. Y si lo posponemos, simplemente nos privamos a nosotros mismos de la solución; es decir, de vivir una vida más plena.

Muchas veces necesitamos simplemente un descanso emocional. Para ello es bueno aprender a realizar actividades que nos calmen: ejercicio físico, yoga, dibujo, conversación, baños, etc.

Lo que no podemos hacer es vivir rompiendo las reglas de la naturaleza; ellas nos romperán a nosotras primero. De modo que tomemos conciencia de que nosotros, y nadie más que nosotros, somos los responsables de nuestro estado de salud.

Nosotros decidimos si vamos a cubrir nuestras necesidades nutricionales, de sueño, de ejercicio físico, de equilibrio emocional, etc. y conservar de este modo la salud. Recordemos: no existe bien ni mal. Solo consecuencias. Nadie debe sentirse juzgado: todos somos los dueños de nuestro destino.

Los trastornos de la alimentación son en parte “maledies del sprit”; enfermedades del espíritu, de las emociones. El problema, sin embargo, no está en las emociones; todas las emociones son normales, cumplen su función al informarnos cómo nos sentimos en cada momento. El problema está en nuestras relaciones con nuestras emociones, a menudo establecidas a partir de paradigmas de pensamiento autodestructivos. ¿Por qué se caracterizan estos paradigmas de pensamiento? Principalmente por la auto explotación física y mental y por la auto negación de las propias emociones, necesidades, creencias y deseos.

La mayoría de las personas con trastornos alimentarios son personas de gran profundidad ética, de extrema sensibilidad, muy exigentes consigo mismas, que tienden a su auto explotación física y mental y a la auto privación del descanso y da la autocomplacencia. Les cuesta ponerse límites, aceptar que queda fuera del alcance de la naturaleza humana hacerlo todo, hacerlo todo bien, hacerlo todo bien al principio, hacerlo todo de una vez o hacerlo todo a la perfección.

Se sienten obligados moralmente a satisfacer las expectativas que tienen, o que imaginan que tienen, los demás hacia ellos, generalmente expectativas ilimitadas; les cuesta decir que no y les atormentan fácilmente los sentimientos de culpa y ansiedad hacia los demás (por no hacer más cosas, hacerlas mejor, etc.).

Al liberarse la energía nerviosa que antes debíamos emplear en la digestión y desintoxicación del organismo, tendremos un caudal de energía disponible para pensar y para sentir y nos daremos cuenta de que necesitamos hacer cambios y tomar decisiones en nuestra vida.


Si crees que tienes que trabajar el hambre emocional, te invitamos a participar de nuestro Grupo de trabajo de Ayuno Intermitente y Hambre Emocional, que comenzará el día sábado 3/10 a las 10am (hora España). El mismo será por Zoom y durará 2 meses.

Si quieres más información, escribe a centrohigienista@gmail.com o bien escribe al WhatsApp +34 606 068 972.

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