Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, escribió Henry David Thoreau luego de vivir apartado de la sociedad en una cabaña construida por él mismo en un bosque, cultivando sus propios alimentos. Sus aprendizajes tras la experiencia de dos años, dos meses y dos días los narra en su libro Walden. Sostuvo también que hay momentos en que toda la ansiedad y el esfuerzo acumulados se sosiegan en la infinita indolencia y reposo de la naturaleza. Y que somos conscientes de que hay un animal en nosotros cuyo despertar está en razón directa con el letargo de lo superior de nuestra naturaleza.

Thoreau fue uno de muchos entre los genios que hablaron sobre la relación entre el acercamiento a la naturaleza y la salud. Otro promotor de una vida simple y natural era Séneca, quien afirmaba que nada de lo que poseemos es necesario, hay que volver a las leyes de la Naturaleza. Dichas leyes son capaces de curarnos, según Paracelso: el arte de curar viene de la naturaleza, no del médico. Opinaba que el médico debe ser el auxiliar de la naturaleza, no su enemigo. Y que la naturaleza es el gran médico y el hombre posee a éste en sí mismo.

Hipócrates, conocido como el padre de la medicina occidental, también creía que el hombre tiene la capacidad de auto curación. Decía que todo humano tiene un médico dentro suyo, solamente tenemos que ayudarlo en su trabajo. Las fuerzas naturales dentro de cada uno de nosotros son las que curarán las enfermedades. Asimismo, relacionaba la salud con la nutrición con su famosa frase: deja que la comida sea tu medicina, y que la medicina sea tu comida. Pero comer cuando se está enfermo es alimentar a la enfermedad.

Albert Schweitzer también hablaba del poder de auto curación al decir que cada paciente lleva su propio médico internamente. Indicaba también la importancia de una vida saludable al decir que la felicidad no es más que buena salud y mala memoria.

La felicidad del cuerpo se funda en la salud; la del entendimiento, en el saber decía Tales de Mileto. Importancia similar a la salud le atribuía Mahatma Gandhi al decir que la salud es la verdadera riqueza, y no las monedas de oro y plata. Lo mismo opinaba Lao-Tse: la salud es la posesión más grande. Y aún más “radical” al valorizarla era el Buda, que decía que sin salud la vida no es vida, sino sólo un estado de languidez y sufrimiento, una copia de la muerte. Por ende, mantener el cuerpo saludable es nuestro deber, de otra forma no podremos tener una mente fuerte y clara. A su vez, responsabilizaba al ser humano de los resultados: cada ser humano es el autor de su propia salud o enfermedad.

Sócrates también creía en la responsabilidad del hombre en su estado de salud. Afirmaba: si alguien busca la salud, pregúntale si está dispuesto a evitar en el futuro las causas de la enfermedad; en caso contrario, abstente de ayudarle. También decía come para vivir, no vivas para comer, desestimulando los excesos.

Sobre estos excesos también hacían referencia los egipcios con la siguiente inscripción en una pirámide construida por el año 3800 AC: los humanos viven de un cuarto de lo que comen, de los otros tres cuartos vive su médico.

Asimismo, Thomas Edison mencionaba la importancia de comer adecuadamente al decir: el médico del futuro no tratará el cuerpo humano con medicamentos, más bien curará y prevendrá las enfermedades con la nutrición. Benjamin Franklin indicaba que el mejor doctor es el que menos medicinas receta y que ante la enfermedad, la mejor de todas las medicinas es descansar y ayunar. Hacía referencia también a la importancia de un estilo de vida ordenado opinando que acostarse y levantarse temprano hace a un hombre sabio, rico y saludable. También hacía referencia claramente en la responsabilidad del hombre en su estado de salud al categóricamente decir que La vida es un suicidio lento. Nueve de cada diez humanos son suicidas.

Algo parecido decía Albert Szent-Gyorgyi, fisiólogo húngaro galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1937: muy poca gente sabe lo que la salud verdadera es, porque la mayoría están ocupados en matarse a ellos mismos lentamente. Otro ganador del mismo galardón seis años antes, el médico alemán Otto H. Warburg, ratificaba que la enfermedad es la consecuencia de una alimentación y un estilo de vida anti-fisiológicos. Un análisis similar era el de Leonardo Da Vinci al referirse que la enfermedad es la discordia de los elementos imbuidos en el cuerpo.

Para mejorarse, entonces, otros genios también hacían referencia a las fuerzas internas del cuerpo. Voltaire opinaba que el arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad. Pitágoras decía: antes que al médico llama a tu amigo. Por su parte, Albert Einstein indicaba: he decidido que cuando llegue mi hora, morderé el polvo con la mínima asistencia médica posible.

Einstein también alababa a la naturaleza al decir: mira profundamente en la naturaleza y entonces comprenderás todo mejor. Aristóteles también la elogiaba: la naturaleza nunca hace nada sin motivo. Y afirmaba que el médico alivia; sólo la naturaleza sana. Pero lo hace a su ritmo: la naturaleza no se apresura. Sin embargo, todo se lleva a cabo, decía Lao-Tse. Ralph Waldo Emerson lo ratificaba al decir: adopta el ritmo de la naturaleza; su secreto es la paciencia.

La lista de genios que han expresado su admiración por la naturaleza es interminable. Por citar algunos otros ejemplos, Marie Curie destacaba el placer que le generaba: durante toda mi vida, las nuevas visiones de la naturaleza me hicieron regocijarme como una niña. Por su parte, Isaac Newton destacaba que la naturaleza se complace con la simplicidad.

Francis Bacon se rendía ante ella indicando que sólo podemos dominar la naturaleza si la obedecemos. Copérnico sostenía que la naturaleza nunca hace nada superfluo, nada inútil, y sabe sacar múltiples efectos de una sola causa, mientras que Galileo expresaba: en mi opinión, nada ocurre en contra de la naturaleza excepto lo imposible y eso nunca ocurre.

A su vez, Jean-Jacques Rousseau decía: hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza, y agregaba que la naturaleza nunca nos engaña; somos nosotros los que nos engañamos a nosotros mismos.

¡Aprendamos de los genios!

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