Sin embargo, podemos ver con mayor claridad la magnitud de la naturaleza si observamos el proceso de curación que tiene lugar cuando un hueso se fractura o rompe. Desde el preciso instante en que el cuerpo sufre una rotura ósea, la inteligencia que nos creó a partir de un óvulo comienza a trabajar duramente para reparar el daño ocasionado. El organismo segrega una sustancia líquida sobre la superficie ósea en ambas direcciones desde el punto de fractura. La zona bañada por el líquido se endurece rápidamente hasta convertirse en una sustancia ósea que se une firmemente a las dos secciones del hueso. Este «anillo óseo» permite que el cuerpo utilice el miembro hasta que la naturaleza pueda reparar el daño. Por medio de un proceso de multiplicación celular, similar al visto anteriormente en la herida epidérmica, los extremos del hueso vuelven a unirse y, con ello, se restablecen los canales de circulación. Cuando finalizan estos procesos de reparación, el «anillo óseo» comienza a suavizarse y a ser absorbido, excepto una pequeña parte que se adhiere definitivamente al punto de fracción.

Si golpea su dedo con un martillo, el resultado será un cardenal bastante doloroso. Su aparición se debe a una efusión de sangre bajo la piel, seguido de una pequeña inflamación y descoloramiento. Parte del tejido sufrirá una ligera mutilación y las células quedarán destrozadas, muchas de ellas llegando a morir. Sin embargo ¿se queda el dedo así toda su vida? Por supuesto que no. Con el paso de los días el tejido dañado será sustituido por uno nuevo y las células sanguíneas muertas desaparecerán a través de los vasos sanguíneos. Al poco tiempo, la inflamación cederá, el dolor desaparecerá y pronto nos olvidaremos del cardenal. Este es otro ejemplo que nos demuestra la gran inteligencia que posee la fuerza que controla y dirige cada una de las acciones del cuerpo. Una vez más somos testigos de su maravillosa eficiencia.

Ahora bien, esta gran inteligencia que observamos en los procesos de autocuración, reparación y ajuste que tienen lugar en el interior del organismo no sólo se observan en situaciones tan complejas como las mencionadas, sino que también puede darse en cualquier otro accidente más común, como la simple introducción de una astilla en la carne. Cuando esto sucede, el organismo no procede a su retirada de forma inmediata. La naturaleza, o fuerza vital, hace gala de su destreza y lo elimina por nosotros. El dolor y la inflamación provocada por su introducción van seguidos de la formación de pus, que destruye el tejido hasta alcanzar la superficie de la piel. El paulatino crecimiento de la capa de pus finaliza en el instante en el que rompe definitivamente la superficie de la piel y sale al exterior, transportando en su interior la astilla.

La formación de abscesos en el interior del cuerpo es otro ejemplo más de la destreza arquitectónica del organismo. Éstos se encuentran separados del resto de los órganos y sistemas orgánicos por un muro formado por tejido granulado que impide su propagación y la expulsión de pus en la circulación.

Cuando el cuerpo sufre la aparición de una apendicitis, los intestinos que se encuentran alrededor del apéndice crean adhesiones que forman un muro de contención que impiden la propagación del problema y en cuyo interior se forman los abscesos. La zona de menor resistencia suele ser el interior de los intestinos y por lo tanto, si los médicos no interfieren en el proceso, casi todos los casos finalizan con la ruptura de los abscesos y la expulsión de la pus a través de las cámaras.

Si se aplica una bolsa de hielo uno o dos días antes de iniciarse las operaciones ordinarias, se producirá un considerable descenso en el esfuerzo necesario para la elaboración del muro que separa el apéndice del resto de la cavidad abdominal. Sin embargo, si no aplicamos ninguna bolsa de hielo, el organismo creará un muro de separación entre el apéndice inflamado e infectado y el resto de la cavidad. La bolsa de hielo interfiere en las operaciones curativas y protectivas iniciadas por el propio organismo con tanta virulencia, que uno de los cirujanos de abdomen más importantes en el mundo de la medicina declaró: «Rechazo con rotundidad la utilización de bolsas de hielo y en aquellos casos en los se utilizan, anuncio siempre por adelantado que posiblemente tendrá el apéndice gangrenado. Y casi nunca me equivoco. En aquellos casos en los que exista indicios de apendicitis, no debería usarse bolsas de hielo bajo ningún concepto». La naturaleza realizará su propio trabajo como considere oportuno y cualquier intento por asistirle debe considerarse como una interferencia perniciosa y entrometida.

La inflamación aguda del riñón finaliza normalmente en buen puerto, sin embargo, a veces se puede complicar con la aparición de una supuración acompañada de ciertos abscesos, principalmente en las zonas cálidas del planeta. La cantidad de sustancia que un absceso de riñón puede descargar suele ser enorme, sin embargo, la naturaleza expulsa esta sustancia de forma magistral.

Existen numerosos canales a través de los cuales puede expulsarse la pus que se forma en los abscesos. La inflamación puede extenderse hasta adherirse finalmente al diafragma. Antes de que esto suceda, el organismo forma alrededor del absceso una capa densa formada con tejido cicatrizado. Cuando la inflamación llega hasta el diafragma, prosigue su camino hasta alcanzar los pulmones, adheriéndolos al diafragma. Desde este momento, el riñón, el diafragma y los pulmones forman una sola unidad. Sin embargo, la fuerte unión que existe entre cada uno de los órganos impide que la pus se introduzca en las cavidades peritoneal y pleural. Mientras tanto, el organismo forma una pequeña cavidad en el pulmón a través de la cual vierte la pus en un tubo bronquial.

Finalmente, el cuerpo expulsará las sustancias tóxicas por medio de la tos, vaciando el absceso y dejando la cavidad completamente limpia. El muro que se había formado en torno al conducto del absceso se fortalece y contrae hasta que sólo quede una cicatriz, cerrando con ello el agujero. En este momento, el paciente recupera la salud.

El absceso también puede dirigirse hacia otras direcciones, hacia abajo o hacia el lado. En tales casos, el proceso es completamente igual, excepto que ahora el riñón se unirá al estómago, a los intestinos o a la pared del abdomen mediante la inflamación. Si la adhesión se realiza al estómago o a los intestinos, el absceso perforará ambos órganos y la pus se expulsará a través de las cámaras. Sin embargo, si el absceso se adhiere a la pared del abdomen, la pus se expulsará a través de la piel. En ambos casos, la herida producida por la expulsión de la pus cicatrizará y el paciente recuperará su estado de salud. En algunos casos, el absceso descarga directamente en el interior de la vesícula, pasando posteriormente a los intestinos. Esta situación recibe el nombre de «punto de partida».

Algunas veces se da el caso de personas muy débiles cuya naturaleza no le permite culminar la conexión entre los diferentes órganos. Cuando esto sucede, la pus termina por introducirse en la cavidad pleural, causando un empinema, o en la cavidad abdominal, provocando una peritonitis o, a veces, hasta la muerte.

Otro ejemplo de la magnitud y efectividad con la que opera la naturaleza en nuestro interior se da en aquellos casos en el que aparecen cálculos biliares cuya dimensión le impide pasar del conducto biliar al intestino delgado. Cuando esto sucede, el organismo provoca la inflamación de la vesícula biliar hasta que se adhiere a la pared intestinal e inicia un proceso ulceroso que finaliza con la apertura de un pequeño orificio que comunica la pared de la vesícula y la pared intestinal. Una vez finalizado este proceso, las piedras se deslizan a través de la cavidad y se expulsan por medio de las cámaras. Cuando la vesícula vuelve a su estado normal, la pequeña cavidad se cierra y el organismo recupera la normalidad. A veces, el organismo elimina estas piedras a través de la pared abdominal y la piel.

El doctor en medicina J. F. Baldwin, miembro del Colegio de Cirujanos de Estados Unidos, relata en una revista especializada  sobre transfusiones sanguíneas cómo una pequeña muestra de ingeniería orgánica puede mostrarnos la ingenuidad de la naturaleza en sus esfuerzos por prolongar la vida humana, a pesar de los esfuerzos realizados. Al finalizar una operación que realizó a una mujer de mediana edad quien durante muchos años había sufrido continuas hemorragias de los intestinos, afirmó:

   En la operación extirpé una maraña de intestino delgado realizando una anastomosis, como es normal. Después de examinar el trozo de intestino extirpado, observamos que se había producido una obstrucción abdominal, pero que la naturaleza la había eliminado por medio de una ulceración que tuvo lugar entre los rizos adherentes del intestino que se encontraban encima y debajo de la ulceración. Sin embargo, la úlcera continuó actuando en el interior del organismo provocando la aparición de una anemia. Después de ello, la mujer se recuperó sin ningún problema y volvió a la normalidad.

Cuando escuchamos casos como éste, en el que el organismo pliega y une dos partes del intestino y crea una úlcera con el fin de formar un conducto en torno a la obstrucción, la única explicación razonable es la existencia de una verdadera fuerza inteligente. Sin lugar a dudas, la úlcera podría haberse curado al finalizar su trabajo, es decir la formación del conducto, sin embargo, la situación no se lo permitió. La naturaleza posiblemente comunicó una y otra vez, en un lenguaje inconfundible, que cesara la ingestión de alimentos, para culminar de esta forma el proceso de curación. Sin embargo, la superficie ulcerada continuó padeciendo la llegada de sustancias nutritivas y fármacos.

Continua… Tercera parte

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