Cualquier absceso, o cangrena, que se forme en el interior del cuerpo se encuentra aislado del resto del organismo por una pared de tejido granulado. La parte de tejido dañada desaparece y es sustituida por otro tejido nuevo.

Cuando hablamos del proceso de encapsulación nos referimos al proceso mediante el cual rodeamos un cuerpo o una sustancia con una cápsula. Una cápsula, también conocida con el nombre de cista, está formada por una cavidad forrada, según su origen, de endotelio (en cuyo caso reciben el nombre de cistas de exudación, formada sobre cavidades ya existentes de tejido conectivo) o de epitelio (conocida como cistas de retención y cuya formación se realiza sobre cavidades epitelial) y en cuyo interior existe un fluido o semifluido.

Ambos tipos se engloban dentro de una clase más amplia que recibe el nombre de cistas de distención:

(a) Cistas de retención. Surgen cuando los conductos y glándulas del aparato de eliminación sufren una obstrucción. Las sustancias segregadas por las glándulas se introducen en las cavidades que posteriormente serán cubiertas por una pared fibrosa. Pueden surgir en cualquier estructura glandular, como el páncreas, los riñones, las glándulas salivales, las glándulas mamarias o las glándulas sebáceas (quistes).

Cuando el organismo presiente la existencia de un cuerpo extraño, inicia un proceso de eliminación para expulsarlo del cuerpo. El primer paso, es formar una inflamación y supuración. Si ello no fuera suficiente y el cuerpo todavía permaneciera en el interior, el organismo forma una cápsula que contiene una sustancia líquida y cuya misión será dejarla sin ningún poder ofensivo. Algo parecido sucede en los pulmones con los gérmenes. Rausse pensó que este fluido era una especie de sustancia mucosa en la que se desarrollaba también las sustancias químicas nocivas que las dejaban inofensivas. En su libro Water Cure Manual (Guía de curación mediante el agua, pág. 92, 1845) anunció que esta teoría no podía demostrarse todavía:

   Esta teoría se basa en los principios incontrovertibles de la naturaleza en el mundo orgánico y alimenticio, donde actúa de forma similar bajo las mismas circunstancias. Por esta razón, podemos afirmar que la teoría que le acabamos de mostrar no pierde credibilidad, ya que somos incapaces de reconocer con nuestros ojos, debido a su tamaño, los átomos perjudiciales y las diminutas redes que existe a su alrededor, o mostrarlos por partes.

                              Water Cure Manual, pág. 92, 1845.

La encapsulación de sustancias tóxicas, como tejidos muertos, gérmenes, parásitos, y otros cuerpos extraños, tiene como objetivo dejarlos inofensivos ante el organismo. El proceso y la estructura que desarrolla son simplemente medidas defensivas. Una vez más, debemos resaltar las numerosas y variadas medidas de emergencia que el organismo tiene a su disposición.

La formación de cálculos biliares, y otras piedras, es un ejemplo más de la pericia arquitectónica y mecánica del organismo, cuyo fin último es preservar la vida del cuerpo. En aquellas personas que sufren de tuberculosis, los puntos más afectados de los pulmones suelen ser las zonas donde se forman las piedras. En el momento en que se produce dicha formación, la enfermedad finaliza en esa región. Las autoridades sanitarias consideran que la naturaleza emplea este medio para aislar el bacilo del tubérculo.

Al igual que sucede en los pulmones, la formación de piedras en la vesícula y en los riñones es el resultado final de la inflamación y posee, sin lugar a dudas, una finalidad definitiva y útil. También es cierto que a veces su tamaño es tan grande que puede provocar la aparición de ciertos problemas, sin embargo, recuerde que su tamaño depende directamente de la gravedad de la situación. La mayoría de los cálculos biliares suelen ser lo suficientemente pequeños para pasar sin que la persona note su existencia. Existen muchos casos de personas que han muerto con cálculos biliares sin tan siquiera percatarse de su existencia. Los problemas sólo aparecen en el momento en el que deben eliminarse del organismo y, únicamente, en aquellos casos en el que su tamaño le dificulte pasar el conducto biliar con facilidad. Cuando una piedra puede atravesar todo el conducto con facilidad, pero se encuentra con dificultades para atravesar el pequeño orifico que conecta la vesícula con el intestino, podrá atravesarlo con bastante problemas y provocará la aparición de grandes dolores. Sin embargo, este dolor cesará, en el preciso instante en el que atraviese el orificio. (El paciente creerá que el dolor desapareció gracias al medicamento que había tomado y pensará que fue éste el que le «curó».)

El término trombo se refiere a un pequeño coágulo de sangre que se forma en los vasos sanguíneos. Cuando aparece en la sangre uno de estos coágulos, decimos que el cuerpo ha sufrido una trombosis y que los vasos se han obstruido. No son más que el resultado de una herida y una inflamación y puede provocar la obstrucción total de los vasos.

En los intestinos existen numerosas glándulas de pequeño tamaño compuestas de una estructura lifoidea, similares a las amígdalas de la garganta. Se conocen con el nombre de placas de Peyer. En los casos de fiebre tifoidea, estas placas aumentan su tamaño (hipertrofia) e incluso pueden segregar pus. A veces, mudan de piel, en cuyo caso puede producirse una hemorragia si los vasos sanguíneos que se hallan en esa zona no están muy obstruidos. Si la obstrucción sanguínea no se ha culminado o se ha realizado de forma incorrecta, el organismo sufrirá una hemorragia interna. Éste es otro ejemplo de cómo funciona la naturaleza en nuestro cuerpo. Estas obstrucciones pueden extenderse al sistema circulatorio central y desplazarse hasta algún punto clave donde su tamaño podría ocasionar graves consecuencias, como el corte de riego sanguíneo a algún órgano, proceso que causaría su muerte o inanición (esto sólo sería posible si se produjera un corte en una de las «arterias centrales»). Las arterias anastomosis establecerían inmediatamente una circulación colateral o compensatoria que permitiera suministrar sangre al órgano afectado.

Si aplicamos a la piel una fricción o fuente de calor con gran intensidad y duración, se formará una ampolla. Ésta se crea de la siguiente forma, el organismo vierte una sustancia líquida, suero o agua, procedente de los tejidos y vasos circundantes en un «espacio» que separa la dermis de la epidermis, con el fin de alzar la epidermis y proteger los tejidos que se encuentran debajo suya. El fluido existente en la bolsa mantiene alejado el calor o, en el caso de una quemadura solar, los rayos solares, y lo protege de cualquier roce. Como puede observar, este pequeño detalle es un ejemplo más de las medidas defensivas del organismo. En ambos casos, la inflamación y la curación surgen después de la ampolla, y en el caso de la quemadura solar, la piel se protege de ulteriores quemaduras con la aparición de la pigmentación.

Lo mismo sucede con la aparición de callos en manos y pies provocados por un roce constante. El secretario que realiza trabajos manuales, descubrirá que sus manos son demasiado débiles para trabajar con herramientas. Sin embargo, después de trabajar varios días con estos instrumentos, descubrirá que la piel de sus manos se han endurecido de forma considerable, hasta el punto que no aparecen más ampollas.

Los tumores surgen de una forma muy parecida. Su aparición probablemente se deba a un intento de endurecer los tejidos irritados como una medida defensiva.

El endurecimiento de la piel y los tejidos es una medida defensiva que tiene lugar en cualquier parte del organismo donde exista una irritación. Algunas de las zonas más comunes son la boca, el estómago y los intestinos, principalmente en aquellas personas que ingieran constantemente sal, condimentos y sustancias farmacológicas. La aplicación continua de nitrato de plata convierte la superficie mucosa sobre la que se utiliza en una especie de cuero medio vivo. Otros órganos también sufren un proceso de endurecimiento ocasionado por la exposición continua a sustancias tóxicas. Entre los ejemplos más destacados cabe señalar el de la toxemia, condición que requiere en ciertas partes del organismo barreras defensivas más grandes que las normales. Cuando las células normales de una parte del cuerpo se encuentran tan dañadas que no pueden resistir por más tiempo el abuso de las toxinas, el organismo pone en marcha los sistemas defensivos más utilizados y la naturaleza pone en pie de batalla a su ejército mejor preparado. Una vez levantada una barrera de células pertenecientes a tejidos conectivos, inicia una lenta, pero fructífera batalla contra las toxinas, mientras continua alzando más barreras. Este proceso puede continuar hasta que el tumor alcance proporciones incluso peligrosas. Si no fuera por esta barrera, las causas que provocaron su creación habrían destruido la vida mucho antes.

El objetivo del tumor no es otro que el de prolongar la vida del organismo.

Algo parecido sucede en las plantas que padecen la invasión de parásitos. Las grandes excrecencias que observamos en algunos robles surgen como consecuencia de la acción de las larvas de ciertas moscas. Esta mosca deposita sus huevos bajo la corteza del roble. Las larvas procedentes de los huevos segregan una sustancia, cuya composición tóxica provoca la aparición de una masa tumorosa. Los parásitos son también los responsables de la creación de una masa tumorosa en la raíz y tallo de los repollos. De igual forma, los olivos y otros árboles sufren también la aparición de esta masa cancerígena. En el caso del cedro, la existencia de hongos en su corteza provoca la aparición de una vegetación un tanto peculiar que recibe el nombre de «escobas de brujas». Como puede observar, existen numerosos ejemplos en los que la naturaleza origina medidas defensivas similares. La formación de tumores se debe, sin dudas, a una variación en las relaciones complejas que determina el crecimiento normal y debemos considerarla como una medida natural de protección. Un tumor nunca es fuente de peligro hasta que comienza a descomponerse.

En la inflamación de los riñones producida por un problema renal, los constituyentes normales de la orina disminuyen, ya que éstos permanecen en la sangre en vez de ser eliminados. La necesidad de expulsar de la circulación elementos tóxicos, como las sales, que generalmente se eliminan a través de los riñones, y la necesidad de mantenerlos disueltos en líquidos mientras se mantengan en el interior del organismo, provoca la aparición de hidropesía en numerosas partes del cuerpo, especialmente en los tejidos que se hallan bajo la piel o en las cavidades del organismo. Cuando se recupera la función renal, el fluido hidrópico se introduce poco a poco en la circulación donde se elimina finalmente.

Un aneurisma es una dilatación localizada en una parte específica de una arteria. Cuando las paredes arteriales se debilitan en un punto determinado, la presión sanguínea puede ocasionar su ruptura, fortalecer algunas de sus capas o provocar su abultamiento. El organismo pone en marcha su mecanismo de defensa de forma inmediata y crea una pared de tejido nuevo alrededor del aneurisma. Si ésta se rompiera y la sangre se esparciera entre los órganos, el organismo crearía una pared de tejido cicatrizado en torno al aneurisma para reducir la pérdida de sangre. Este proceso recibe el nombre de aneurisma disecante.

Como podrá observar, el número de ejemplos que nos demuestra la magnitud y eficacia con la que el organismo protege sus propios intereses e inicia las medidas de emergencia que estime oportunas, es bastante amplio. Cuando estudiamos el gran mecanismo del cuerpo humano, la eficacia de cada uno de sus órganos, su pericia al encontrar las medidas de emergencia más eficaces, sus poderes de autocuración y recuperación casi ilimitados, no podemos sino evocar una gran admiración por sus poderes curativos y aceptar con resignación la ineficacia de los medios «curativos» del ser humano.

Como bien afirmara Jennings:

   Cada vez que fracasa su intento (de la naturaleza) por superarse (su incapacidad de recuperarse ante las causas patoféricas), vuelve a ascender y remontar el pináculo de su grandeza; e incluso ahora, en la profundidad de su degradación, lo que queda de su existencia, su principio o ley, poder y acción, continúan luchando por progresar.

Este artículo tiene otras dos partes: ver parte 1 y parte 2

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