El proyecto de ingeniería más sofisticado de todos los que conocemos hasta ahora, es la creación de un perfecto organismo animal a partir de un minúsculo óvulo. Piense por un instante en la maravillosa estructura arquitectónica que supone el cuerpo humano. Miles de elevadores y poleas utilizados en cada una de sus acciones; numerosos canales de conducción, a través de los cuales se realizan los procesos de distribución alimenticia y eliminación de líquidos residuales; sensores que regulan la temperzcx atura corporal adaptando sus acciones y funciones a cada uno de los entornos y necesidades existentes; un grandioso sistema nervioso; sus ojos, oídos, etc. Siempre hemos considerado la radio como un invento grandioso, sin embargo,  nuestro organismo goza de mecanismos de «emisión» y «recepción» inexistentes en la actualidad. Todos los inventos humanos tienen sus prototipos en el organismo animal.

Cuando estudiemos las maravillas del organismo, sus estructuras, sus funciones, su desarrollo, su evolución y sus numerosas capacidades y poderes, debemos tener presente que la fuerza que las creó y las mantiene se encuentra en su interior. El poder o inteligencia que hace posible la transformación de un óvulo fertilizado en un cuerpo perfectamente desarrollado es sólo una parte de la fuerza interna que controla incesantemente cada una de sus actividades. El origen de esa fuerza intrínseca es totalmente desconocido, ésta puede ser un poder inteligente o una energía invisible, pero lo cierto es que su objetivo final es alcanzar el mayor grado posible de complejidad y funcionalidad. El motor que garantiza el mantenimiento, desarrollo y estado de salud del organismo parece guiarse por los dictados de nuestra inteligencia interna, y no por la inteligencia consciente del hombre. De hecho, a menos que garanticemos que algo pueda surgir de la nada, que esa inteligencia pueda surgir de algo que carezca de inteligencia, debemos creer que la inteligencia consciente del hombre es una parte subordinada de una inteligencia muy superior que controla y dirige su vida y que se encuentra en su interior.

Si observáramos algunas de las hazañas mecánicas que el organismo efectúa cuando se encuentra enfermo, aceptaríamos sin ninguna duda la siguiente afirmación de Sylvester Graham: «El instinto orgánico actúa en cada una de estas operaciones con determinación y racionalidad para eliminar la causa que ha originado el problema».

Comencemos analizando el proceso natural que el organismo inicia cuando surge una herida, un arañazo o cualquier otro problema epidérmico. Aunque consideremos este proceso como un acto puramente mecánico, debemos señalar que en él actúa la misma inteligencia que, de forma tan magistral, transformó una pequeña partícula de protoplasma en un cuerpo perfectamente desarrollado.

Cada vez que la piel sufre una rotura o corte, existe una exudación de sangre que se coagula formando una costra hermética. Esta costra protege la herida y permanece durante el tiempo que sea preciso.

En el interior del organismo, justo debajo de la mencionada costra, comienzan a sucederse una serie de acontecimientos de suma importancia. En primer lugar, el cuerpo envía a la zona dañada una gran cantidad de flujo sanguíneo, mientras que los tejidos, nervios, células musculares que se encuentran en ambos lados de la herida comienzan a multiplicarse con rapidez formando un «puente celular» que une las dos orillas de la herida. Todas estas operaciones se llevan a cabo bajo un estricto control y orden. Las células que se acaban de crear en los vasos sanguíneos se unen a las células que se encuentran en el otro lado para restablecer, de forma ordenada, los canales de circulación. Del mismo modo, y bajo el mismo sentido del orden, se unen los tejidos conectores. Con una precisión y pericia comparable a la de un especialista en sistemas de comunicación, las neuronas reparan la línea que se había cortado. Una vez que se vuelve a establecer la comunicación celular, el resto de órganos vuelven a la normalidad, restableciéndose el orden entre los músculos y tejidos de la zona. Un espectáculo sin dudas sorprendente, aún más si se tiene en cuenta que no se ha producido ni un sólo error.

Cuando la herida desaparece y se establece en su lugar el espacio de piel necesario, la costra que se había formado en la zona dañada comienza a desaparecer, ya que su trabajo ha finalizado. Durante el período de tiempo en el que su utilización fue necesaria, la costra permaneció fuertemente unida a la piel, dificultando de esta forma su extracción, sin embargo, cuando su función finaliza, el organismo la mina hasta que cae por su propio peso.

Con pruebas tan evidentes como ésta, es imposible poner en tela de juicio la sinonimia existente entre el poder inteligente que creó nuestro organismo y el poder que lo cura. ¿Acaso necesitamos alguna prueba más contundente que el orden y los medios utilizados en el proceso curativo, dos cualidades idénticas a las utilizadas en el proceso de creación, mantenimiento y modificación del organismo en su relación con los elementos esenciales de la vida?

Continúa.. Segunda parte

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